sábado, 20 de septiembre de 2008

Una nación admirable

Cuentan que en una ocasión le preguntaron a Otto von Bismarck, el Canciller de Hierro, que nación europea admiraba más. El viejo león contestó sin dudar: "España". El asombro entre sus interlocutores fue general. El primero que se repuso del mismo le hizo notar, que España era poco menos que un país de salvajes, atrasado y que no contaba para nada en el concierto de las naciones. "Si", contestó el Canciller, "pero sus dirigentes llevan desde finales del siglo pasado intentando destruirla, y todavía no han podido".


Como otras historia desconozco si esta es real, la verdad es que hay tantas anécdotas históricas que nunca se sabe dónde empiezan las verdaderas y dónde las inventadas, pero ilustra algo que es una constante en nuestra historia: la lenidad y la bajeza (en todo) de nuestra casta dirigente. No es que quiera establecer comparaciones con la situación a finales del XVIII y a lo largo del XIX con la situación actual, pero la verdad es que no es para menos.

No es que tengamos, como entonces, un rey inutil con un heredero tan traidor y malvado como cobarde, es que sencillamente no se sabe muy bien de que van. Vale que en aquellos momentos lo mejor hubiera sido un buen afeitado del rey a la altura de su augusta nuez y una buena autopsia al heredero, quizá las cosas hubieran rodado mejor. Como eso no se puede remediar, sólo podemos hacer conjeturas. Y viendo como les ha ido a las dos naciones europeas que en un momento dado le dieron pasaporte a sus respectivo reyes (Francia y Gran Bretaña), y acto seguido a las castas que los rodeaban, lo más seguro es que ahora estaríamos mejor.

"Bueno no será para tanto", pensará alguien. Pues me parece que si. Si uno observa los órdenes de batalla de la Guerra de Independencia, se queda pasmado viendo que los generales españoles tienen los mismos apellidos que los de ahora e incluso algún político puede remontar sus orígenes no a la Guerra de la Independencia, no, ¡¡incluso a los Austrias!!.
El chalaneo y el pasteleo entre nuestra casta dirigente, a la que el diablo confunda, tuvo su máxima expresión en el Abrazo de Vergara, que puso fin a la I Guerra Carlista. En lugar de hacer como Grant en Appomatox Court House, dejar muy claro quienes eran los vencedores y quienes los vencidos, Espartero les dio la categoría de iguales. Los resultados los estamos sufriendo todavía hoy.


"¿Habrá algún remedio?" dirá alguien. Bastante dificil. El úlitmo que intentó meterse entre ellos todavía está entre rejas, pero no hay que perder la esperanza. Lo están haciendo tan mal que es posible que todavía nos podamos deshacer de ellos.
Hasta la vista y a por ellos. Son pocos, cobardes y además no tienen razón.

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